Lisboa es la promesa nunca cumplida de un pasado mejor, pero del que uno nunca sabe a qué atenerse. Vaya un ejemplo: después del terremoto que asoló la ciudad, Pombal construyó el barrio de la Baixa en una muestra de urbanismo ilustrado que aún hoy es el ejemplo más acabado del mismo en el mundo. Pues bien, en el lugar emblemático del barrio, en la plaza más representativa de la ciudad, en el Rossío, se yergue la estatua de Pedro IV, el gran rey de Portugal.Tan acabada muestra de tener todas las cosas en su sitio no va con los portugueses que tienen el alma bañada de literatura oral y de viajes marítimos, de cuentos ancestrales y de un sentido de la realidad meritorio, pero algo miserable: cuentan, entonces, que esa estatua no es la de Pedro IV, sino la de Maximilano de México, fusilado antes de que el encargo llegara a su destino, por lo que se lo quedaron. Y esta historia era una de tantas que pueblan la ciudad y que encantaban a Pessoa. No es extraño que la ciudad y el poeta se acoplaran tan bien.
Eran almas gemelas. Por eso, hablar de Lisboa y de Fernando Pessoa es, en cierta manera, lo mismo. Semejantes en sus ambigüedades, en sus personalidades escindidas, en su secretismo, en cierta displicencia, en cierta elegancia, en cierto paroxismo falsamente provinciano. Recorrer Lisboa es ir acompañado de cinco o seis personalidades distintas y que pertenecieron todas a una misma persona, discreta hasta pasar desapercibida, como la ciudad misma.
De ahí que aquellos que han querido cantarla en nuestros tiempos hayan usado epítetos como «la ciudad blanca» y cosas así, en un intento forzado por explicar su carácter ausente. Tabucchi, que tiene la ventaja de ser extranjero y, por tanto, mirar los tópicos sin vergüenza, ha sido el autor que ha sabido reflejar con más éxito la Lisboa de hoy, pero quizá sea Cardoso Pires el que haya dado en la diana. Cardoso ve a Lisboa como un diario de a bordo.
1 comentário:
Portugal, una semilla que germinó dentro de mí, hasta siempre
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